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Mis entrañables recuerdos de la Sección 65

Publicado en 2017-02-23 | General, Cananea, Regionales, Estatales, Columnas, Nuevas, Mineros

...añoranza de tiempos idos, de bonanzas conocidas, de historias escritas y de vivencias inolvidables.

Por Óscar H. Paco Barrera

No pude reprimir mil pensamientos, cuando cruce la puerta de entrada principal de las oficinas del Sindicato Minero de la Sección 65, apenas hace unos días. Mi última escena de esa entrada era la de un moderno edificio de los años sesenta cuando en mi etapa de estudiante de secundaria y de preparatoria después, alguna vez acompañé a mi padre quien solía invitarme de vez en cuando a ese y otros trámites que como minero y por ende miembro de ese sindicato, muy seguido realizaba. Mi espera era entre trabajadores que regularmente le hacían antesala a alguno de los directivos para tratar asuntos me imagino, de sus trabajos. En cómodos sillones y un olor a pinol que indicaba aseo, limpieza me arrellanaba en espera de mi héroe, mi ídolo, mi orgullo que sigue siendo mi viejo querido, entre risueños trabajadores que seguramente no estaban en el pueble—horario de trabajo—de día y tenían oportunidad de acudir a sus oficinas, que no obstante no les llevara asunto alguno lo utilizaban para saludar a los suyos y platicar animadamente, en un ambiente de camaradería y broma; característico trato entre iguales que eran felices.

Ese día  que les cuento que estuve en las oficinas sindicales, me encontré ante un edificio viejo, con olor a humedad y ansioso de recibir remiendos de mezcla y parches de pintura. Una puerta principal estropeada y ruidosa en el rosar de los marcos de aluminio obligados a cumplir su cometido de mantener operante un acceso que observe con visitas mínimas. Me invadió la tristeza, imposible no tenerla si como les comenté fui testigo de la época de esplendor, de poder, de bienestar colectivo; de orgullo de ser un minero y de ser hijo de uno de ellos. Extrañé la chacota que les cuento que en esa recepción  siempre hubo de quienes eran parte de ese sindicato o de quienes como yo, acompañábamos a uno de ellos.

Allí aprendí en aquellos bonitos años de mi adolescencia y juventud del valor del llamarse compañeros, de discutir con sapiencia asuntos de trabajo que incluían el hablar de maquinas y actividades que hacían de cada uno de los trabajadores un técnico presuntuoso de lo que hacía. Allí los escuché lamentarse de la semana del impuesto,  hablar de los dobles turnos en sus jornales, del saldo que habían alcanzado esa semana en la cartera de la cooperativa—era un tope en pesos, en relación a sus percepciones para surtirse de lo necesario para el sostenimiento familiar—y muchas veces presencié la alegría con que esos mineros platicaban de sus hijos que estaban estudiando carreras y oficios en diferentes ciudades del estado y la república.

Esa mañana que el crujir de la puerta de entrada al edificio sindical era todo el acompañamiento en esa recepción sola en la que apenas yo transitaba camino a la escalera que me conduciría a la oficina del Secretario General, recordé los alaridos a favor y en contra de los oradores que de la derecha y de la izquierda hacían uso de la voz en el amplio salón que de viernes a miércoles operaba como cine y los jueves era reservado para la asamblea sindical. La alegría o el rechazo eran siempre acompañados de gritos o aplausos que escuchábamos los curiosos que por fuera del edificio solíamos juntarnos en espera de saber qué sucedía con tal o cual asunto que previamente era del conocimiento público. ¡Qué debates! qué nivel de discusión, que categoría de oradores. Me atrevo a decirlo ¡Ya los quisiera cualquiera de las cámaras de legisladores!

Fui recibido con miradas frías, desconfiadas por una docena de mineros en receso y en lucha por lo creen merecen por sus años de trabajo que acompañaban a su líder. Mi saludo franco, amistoso, de mano extendida obtuvo respuesta inmediata ¡que caray! “semos” de los mismos, dirían viejos de mi pueblo. Mi visita obedecía a un encargo relacionado con mi trabajo de enlace del gobierno estatal con el municipio de Cananea, sin más fin que llevar un saludo de afecto y servicio, para ponerme a sus órdenes cual era la instrucción recibida.

Me vi rodeado de miradas que habían cambiado, de ojos en personas nobles que buscan una esperanza, que ansían una solución, ilusión que también comparto. Otra vez mi imaginación voló y me trajo a la memoria aquellas miradas alegres, seguras, tranquilas y satisfechas como la que mi padre siempre reflejaba en el Cananea de sus amores. Yo mentiría si en este escrito busco conciliar diferencias entre quienes opinen a favor o en contra del movimiento sindical de la sección 65, menos me obstinaré en analizar razones harto conocidas y dichas en ambas partes del conflicto—empresa y ex trabajadores—respeto el derecho que les asiste a unos de acusar y a otros de defenderse. Solamente quise dar salida a una añoranza de tiempos idos, de bonanzas conocidas, de historias escritas y de vivencias inolvidables.

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