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Mis recuerdos del 23 de marzo

Publicado en 2014-03-23 | Columnas

Por Efrén IBARRA LEYVA

Era la tarde de aquel fatídico 23 de marzo de 1994. Llegaba yo a mi casa después de haber convivido con mis amigos en una “cascarita” de futbol en la Unidad Deportiva “Aurelio Rodríguez”. Era nuestra costumbre de todas las tardes.

Luis Donaldo Colosio MurrietaAntes de abrir la puerta escuché hasta afuera la voz del licenciado Jacobo Zabludovsky que, lleno de dudas, en la televisión, informada de un atentado en contra de Luis Donaldo Colosio, el candidato del PRI a la Presidencia de la República: “se ha dicho que al candidato le dieron un ‘palazo’ en la cabeza”, comentó en un principio. Después corrigió aquella letra que haría una gran diferencia.

Me quedé de pie frente a la pantalla mientras Jacobo trataba infructuosamente de mantener una “coherencia informativa” que nunca consiguió. De pie más de 3 horas, con mis pantalones cortos y mis “taquetes” todavía calzados. No me metí a bañar. Creo que como mucha gente a todo lo largo y ancho del país, me quedé paralizado, como “ido”; pero con la plena certeza de que Colosio ya había muerto.

Después las imágenes de la detención de Aburto; la salida abrupta de la cardióloga Patricia Aubanel del Hospital General de Tijuana y su persecución por una nube de cámaras y reporteros. Ella dijo en un principio que vio varias heridas en el cuerpo del candidato y que eran de diferentes calibres. Después se desdijo.

Al mismo tiempo que escuchaba las noticias y veía las imágenes, transmitidas desde el Hospital de Tijuana, recordaba dos hechos anecdóticos que me helaban la sangre:

Luego del anuncio de la candidatura de Colosio el 28 de noviembre de 1993, los ahorradores de GINSA hicieron una manifestación en el crucero de la avenida Juárez y la calle Novena Este, frente a la XEFQ. En sus cartulinas le pedían a Colosio que les ayudara a recuperar su dinero. Me acerqué a Gerardo Arvayo, uno de los manifestantes y le pregunté:

—¿Por qué a Colosio si a penas es candidato?

—Para qué nos hacemos, él va a ser el Presidente —me contestó Gerardo.

—No estés tan seguro. Todavía pueden pasar muchas cosas…

—¿Qué puede pasar? Esto ya está decidido.

—No sé. Puede que no gane o que no llegue. Cualquiera se puede morir en el momento menos pensado —le rematé ante su expresión de “estás bien loco”; pero sólo como referencia a aquella frase de que “nadie tiene la vida comprada” y no como una premonición o un deseo de que a aquel hombre le ocurriera algo trágico.

El otro recuerdo fue de cuando acudí a Magdalena (si no me equivoco el 1 o el 3 de diciembre), para cubrir la presentación de Luis Donaldo en su tierra. Allí se congregaron priístas de todo el Estado. De Cananea acudió una nutrida delegación.

En el evento hubo un gran ambiente. Una de las atracciones fue el popular Gilberto Valenzuela, “el Sahuaripa”, quien antes de la llegada del candidato realizó una pésima improvisación al cantar el corrido del “Tío Juan”. Tan desafortunada fue su pretensión de “quedar bien” que a Colosio lo colocó como “El Indio de Mexicali” que vino hasta Sonora y “corrió tragando el polvo que hizo el Tío Juan”. En el corrido del “Sahuaripa” Colosio perdió la carrera.

Luis Donaldo Colosio Murrieta en un mitin

Creo que como mucha gente a todo lo largo y ancho del país, me quedé paralizado, como “ido”; pero con la plena certeza de que Colosio ya había muerto.

Pues bien, desde las 5 y media de la tarde, hasta después de las 8 de la noche, mientras escuchaba a Jacobo, a reporteros y corresponsales, a supuestos testigos y a la Directora del Hospital, al mismo tiempo me repetía muchas preguntas: ¿quién? ¿Por qué? ¿Qué sigue ahora? ¿Cómo va a acabar esto? Pensaba en los dos niños que hacía apenas unos meses había conocido todo México a través de entrevistas y reportajes de Colosio. Recordaba la figura endeble de la esposa de Luis Donaldo, Diana Laura, quien todavía no sabíamos que padecía de un cáncer terminal.

Seguro de que había muerto; pero aún con la esperanza de tener una percepción equivocada, escuché a Liévano Sáenz, aquel que vivió en Cananea y trabajó como funcionario de la mina cuando era paraestatal: “El licenciado Luis Donaldo Colosio Murrieta ha fallecido”. Talina Fernández, amiga de Diana Laura Riojas, lo había dicho minutos antes desde las afueras del quirófano.

Hasta escuchar al vocero del PRI me pude sentar. Creo que más bien dicho, fue que se me “aflojaron” las piernas y caí sobre un sillón.

No pude dormir esa noche, me dolía todo el cuerpo, no por el ejercicio que había hecho esa tarde, sino más bien creo que fue porque estuve tenso durante más de tres horas. Me dolía el cuerpo; pero más de dolía el alma. Pensé tantas cosas e hice lucubraciones de cómo manejarían el asunto desde el Gobierno de la República. ¡Qué equivocado estaba! No tenía ni la menor idea de lo que estaba por venir. El homicidio más investigado en la historia de la humanidad (más que el de Kennedy), cuyos resultados fueron más dudas, más especulaciones, más incertidumbre y una sola conclusión en el juicio popular: A Colosio lo mataron ellos mismos. La única interrogante que queda por aclarar es ¿Quiénes son “ellos mismos”? porque la lista de posibles autores intelectuales (si es que los hubo), hasta la fecha, es interminable.

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